INMEDIATISMO

Una de las cosas que aprendí haciendo el camino de Santiago desde Sevilla fue a diferenciar tres plazos de nuestros objetivos: a corto plazo, la etapa del día, a largo plazo, Santiago, pero a medio plazo, los grandes ríos, las cordilleras o los límites provinciales que iba traspasando.

A nivel de objetivos como país, el corto plazo puede ser el de una legislatura, ya sea municipal, autonómica o nacional; en el largo plazo están los objetivos para la siguiente generación y en el medio plazo estarían los de una década. Así como los partidos que aspiran a ser gobierno o a mantenerse en él sólo piensan en las siguientes elecciones, el corto plazo, la monarquía es la institución que permite al país pensar como Estado, a largo plazo. Aparecen aquí dos problemas: por una parte, estamos faltos de una articulación del corto con el largo, a través del medio (que serían los grandes pactos de Estado de los partidos) y por otra, una generación sin expectativas vive tan centrada en el hoy que no puede ofrecernos una meta como especie más allá que la supervivencia y quizá de ahí el éxito de los planteamientos ecologistas del tipo “salvar el planeta” como fórmula para llenar ese vacío.

Somos hijos del inmediatismo.

Respecto al primer problema: teólogos, filósofos y científicos solían pensar también para las siguientes generaciones, pero hoy, con las teorías de mantenimiento del crecimiento económico por un lado o del estado del bienestar por el otro, se exige de éstos que generen un conocimiento que dé resultados a corto plazo. Lo exigen los políticos de todo el espectro ya que todos necesitan vender sus logros en poco tiempo y le trasladan esa demanda al resto de la sociedad. La velocidad de los cambios en el mercado exige también a la economía agilidad de respuesta. La economía y la política nacionales demandan de las universidades que se adapten a esta visión inmediatista y formen alumnos capaces de pensar en respuestas rápidas y a corto plazo, con la paradoja de que, si se les forma para dar respuestas al mercado y la política actuales, en cinco u ocho años todo ese conocimiento puede quedarse obsoleto. En el extremo opuesto está la reacción a esta inmediatez tratando de formar a alumnos con conocimientos clásicos que sean capaces de pensar a largo plazo. El problema es que nadie piensa en el medio plazo. Nos movemos entre lo inmediato (la economía y la política) y lo eterno (la filosofía y la teología) y el término medio, que sería como el menisco de la rodilla que articula el fémur con la tibia y el peroné, queda abandonado. Y sin menisco, la fricción de ambas partes es mayor, con mayor desgaste.

Por otra parte, respecto al segundo problema, esta inmediatez es la misma que mueve a muchos a buscar satisfacciones en la pornografía, centrados en el yo y el hoy, o en el voluntariado de vacaciones (¿en el mar?) que deje la conciencia tranquila por haber hecho algo por alguien, sin pensar en las consecuencias a medio y largo plazo de ese voluntarismo en problemas que son de mayor complejidad, como por ejemplo el efecto sobre el tráfico de personas por las mafias. Este inmediatismo de las acciones está hoy desconectado de todo planteamiento teórico de las consecuencias a largo plazo. Decía Leonardo que a aquel al que le gusta la práctica sin teoría, es como el marino que navega barcos sin timón ni brújula; y añadimos que es bien sabido que al que no sabe para donde va, cualquier puerto le sirve. De nada sirve dominar una técnica si no se tiene una estrategia. Ese vivir el día a día, ya sea con el altruismo de las ONG´s o con el goce egoísta de la pornografía, puede dar sentido a la vida de una persona, pero en cambio puede llevar el barco de la humanidad a puertos inesperados y peores que de los que se partía.

José A. Ramos-Clemente y Pinto.

Secretario de Organización.

Asociación Cristianos en Democracia.

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