Elecciones 10-N ¿LA HORA DE LOS CRISTIANOS?


El próximo 10-N se volverán a celebrar elecciones generales. De ellas, según nuestro sistema electoral, saldrá escogido un nuevo Parlamento que habrá de entregar el poder a un presidente. Esta situación ha sido provocada por todos los partidos actuales en el hemiciclo. Por todos, sin excepción. En primer lugar, por el PSOE, que con ciento veintitrés diputados ha sido incapaz de congregar en torno a sí a una mayoría holgada para formar gobierno. Ni con su socio preferente, Podemos, ni con Ciudadanos, a quien se le presuponía un rol moderador dentro de la Cámara Baja. Se veía recientemente a los candidatos de estos dos partidos compartiendo café en el Palacio de las Cortes. Me gustaría pensar que se lamentaban por el fracaso de ambos, puesto que ninguno ha sido capaz de seducir a Sánchez ni de alcanzar sus objetivos: sentarse en el Consejo de Ministros. El Partido Popular también es partícipe de este fracaso. No cediendo ante quien ha obtenido casi el doble de escaños. Por último, si pensaban los de VOX que esta repetición de elecciones supone un triunfo para ellos, es que son menos patriotas de lo que se les presuponía. El bien de España debería estar por encima del bien de cualquier partido y si alguien pensaba que VOX constituye algún tipo de bien para España, se equivocaba. Mucho menos, para los cristianos. La última demostración pública ha sido la de Ortega Smith cargando contra el arzobispo de Madrid. Sus coces no han sido diferentes a las de los partidos de izquierda: métanse los curas en sus asuntos, ha dicho el secretario general de VOX. Menos mal que éste era el partido que mejor representaba los intereses de los católicos.

¿ Nuestro voto se mantendrá fiel a la Doctrina segura de Jesucristo? Eso implica no renunciar a nuestros principios por evitar la cruz.

La repetición de elecciones constituye un fracaso para los políticos, pero no así para la ciudadanía. A los españoles se nos brinda la oportunidad de volver a votar. ¿Quién queremos que nos gobierne? En esta situación, los cristianos también disponemos de una oportunidad que no debemos desaprovechar. Es la hora del cristianismo político. He dicho bien. Es la hora de que los cristianos reivindiquemos nuestros valores sin pudor. Los principios de vida, libertad y dignidad, la defensa cerrada del Bien Común, la garantía de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución Española y el impulso hacia una situación más próspera. Es el momento de que los cristianos digamos «sí» de manera abierta e inclusiva. Una propuesta política a favor de y no en contra de nada. No se revierte una situación trágica añadiendo más queroseno a la candela sino rebajando la temperatura de sus llamas.

Nadie como los cristianos hace política para la ciudadanía. Los emperadores romanos la convirtieron en la religión oficial del Estado cuando se percataron que las diaconías desarrollaron una ingente red de bienestar para sostener a viudas y huérfanos, para alimentar a mendigos y cobijar a vagabundos. Durante la Edad Media erigimos catedrales, fundamos universidades y mantuvimos viva la cultura grecorromana. En la Edad Moderna apoyamos a los reyes y empresarios que decidieron explorar el mundo, financiamos la ciencia y pusimos el conocimiento atesorado a favor de toda la humanidad. Durante la época de las revoluciones ilustradas mantuvimos el tipo y participamos en el desarrollo de las primeras democracias. Fuimos los laicos de entonces los que nos atrevimos a corregir los miedos de los eclesiásticos. En el siglo XX reparamos Europa, varias veces, fundamos el estado de Bienestar y desde entonces, no hemos parado. ¿Por qué, erróneamente, nos marchamos los cristianos de la política? Las evidencias son claras: la Europa que hemos conocido, la que tenemos en nuestro imaginario, solo es posible sobre la roca sólida del cristianismo político. Y la culpa es solo nuestra, de quienes hemos abandonado el que, por naturaleza, es nuestro espacio: el de la política y la sociedad.

El cristianismo nació para cambiar el mundo. Sin embargo, parece que nos hemos conformado con rezar, que no es poco. Nos han convencido de que religión y política no deben ir de la mano, nos han convencido del sincretismo irenista, donde todas las religiones son igualmente buenas y convergen por el bien pacífico de la humanidad. Nos han convencido de que los cristianos no debemos dedicarnos a la cosa pública. Hay, incluso, quien considera que puede haber cristianos de izquierdas y cristianos de derechas, como si fuese posible escoger. Si el cristianismo es un modo de vida que inspira una determinada moral, y la moral se encuentra en la base de la política, ser cristiano implica una obligación social y política que no se reduce a la protección de la familia y la vida, sino que también se preocupa por la integridad del empresariado, que defiende a los trabajadores, que sufre con las fisuras del Estado contemporáneo, que afronta los retos del presente, como el fanatismo, la inmigración, el descenso demográfico, el desempleo, el hambre infantil en Occidente, la explotación del Tercer Mundo, la existencia del Cuarto Mundo, la libertad educativa o la conservación del medio ambiente. Cuando algunos están llegando a estos asuntos, la Iglesia lleva décadas y siglos en ellos. Por eso hay que regresar a la política institucional.

Con la presencia unificada de los cristianos en las instituciones de gobierno se apoya a quienes se dejan el pellejo en las calles, en los movimientos sociales, en las parroquias, en las fundaciones, en las oenegés. Si la mitad de los diez millones de españoles votaran a los cristianos, seríamos mayoría. Somos mayoría. Va siendo hora de que los cristianos regresemos a la política. Porque es la hora de los cristianos.

Daniel Marín Gutiérrez

Asociado.

Licenciado en Periodismo y Máster en Dirección de Comunicación.

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