Llamados a ACTUAR (y despertar), ¡YA! ¿Hasta cuando vamos a colaborar en el avance del mal con nuestro silencio?

Estas últimas semanas ha llamado poderosamente nuestra atención la actitud de «silencio cómplice del mal» de los Cristianos en España. Frente a eventos o actos donde el mal aparece con fuerza de forma expresa, como en la reunión de satanistas de Madrid o el escrache sufrido por los ponentes de un Congreso de Bioética en Sevilla, los Cristianos parece que tendemos a «indignarnos en silencio» o, en el mejor de los casos, en la «privacidad» de nuestros círculos o comunidades mas íntimas. Como bien afirmó hace poco D. Jaime Mayor Oreja, nos guste o no, nuestro silencio es cómplice del avance del mal.

No hay duda de que la Sagrada Escritura se cumple, una y otra vez, y parece que nosotros si que hemos hecho caso a los «fariseos» que, en Lucas 19 (35-44) mandaban a callar a los discípulos de Jesús por «atreverse» a proclamar en público que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y la respuesta de Jesús no admite medias tintas… «Si callan estos, gritarán las piedras», añadiendo a continuación las desgracias que sobrevendrán a los que «no conocieron el tiempo de su visitación».

Si no despertamos a tiempo, lamentaremos en el futuro, sin duda, el silencio que hacemos en el presente. Por esta razón debemos impulsar a la nueva generación a que se involucre con su comunidad y anhelen cargos de participación, con el propósito de influir a favor de la estabilidad de la familia y de la protección del valor fundamental de la vida, no solo en el ámbito político, también en el cultural, el docente, el sanitario… debemos volver a ser la sal de la tierra porque si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para ser arrojada.

Ser manso y humilde no implica, ni mucho menos, callarnos. No resistirnos al mal no presupone, en absoluto, hacerlo en silencio. ¿Porque no vamos a levantarnos ante quien nos insulta o nos quiere hacer callar por nuestras ideas y vamos a contestarle desde la humildad y el respeto? ¿Hasta cuando vamos a estar «indignaditos» con la situación, sin ser capaces de denunciarlo en nuestros entornos de cada día, por miedo a la persecución?

Esta no es una llamada a «enfrentarnos» a nadie o a nada, sino, antes bien, a no escondernos por miedo a ser injuriados, calumniados y despreciados por una sociedad en la que el mal campa a sus anchas. En definitiva una llamada a no avergonzarnos de Jesucristo en privado, pero mucho menos en público. Y no, decir que no lo hacemos porque «no serviría de nada» no es excusa, al menos no para quien intenta encontrarse con Jesucristo en la Cruz, pues esta misma fue su última gran tentación en el huerto de los Olivos al ser tentado con que su sacrifico no tendría utilidad alguna para la salvación de la humanidad.

Hoy más que nunca necesitamos que personas con valores y ética cristiana se involucren en la transformación social y política de los países y que no tengan miedo a hacerlo en público, llamando a las cosas por su nombre y entrando, sin miedo ni complejos, al debate social que nuestros sistemas democráticos permiten. Y como bien dijo el Cardenal Sarah recientemente en Madrid, a hacerlo UNIDOS, a unirnos para combatir las imposiciones legales que el mal pretende llevar a nuestra sociedad, no dejando el terreno de la Democracia vacío de cristianos.

El destino de nuestras familias, la libertad de expresión, la vida del niño que aún no ha nacido, la de los ancianos o los enfermos terminales y la institución del matrimonio, se ven amenazados por ideologías contrarias a los valores y principios cristianos que han sido fundamento de la identidad de la construcción de Europa, y su posterior expansión al resto del planeta, a través de la historia.

Sabemos que la actividad pública y política, aunque es trascendental para el desarrollo y la justicia social de los pueblos, puede ser desgastante para quienes la asumen. Exponerse a la crítica excesiva ha hecho que muchas personas capaces y calificadas se aparten de esta noble causa. Pero no podemos olvidar que el destino de un Cristiano que se mantenga fiel al evangelio, está marcado por la persecución y la Cruz y no por el aplauso o el reconocimiento público. Pero, sobre todo, no olvidemos una cosa y es que estamos llamados a ser luz, sal y fermento, a ser testigos de la verdad, y que no se enciende una luz para ocultarla bajo el celemín, sino para situarla donde más pueda alumbrar.

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