Que no nos roben la Navidad.

La Navidad tiene su origen en una familia, la Sagrada Familia. Lo cual hace más sencillo identificarse con sus protagonistas. Tanto desde el punto de vista histórico, como desde una visión antropológica, la Navidad es fiesta de familia, porque es en el seno de una familia donde Dios vino al mundo. Igual que es en el seno de una familia donde todos recibimos la vida.

Para esto nació Jesucristo, hijo de Dios. Para entregar su vida en rescate por nosotros y hacernos hombres libres, hijos de Dios.

A menudo asociamos la Navidad con el consumo. Parece como si para ser felices necesitáramos gastar mucho, y comprar casi de todo. Pero la plenitud (que no la felicidad, palabra de infausta invención indefinible) no la dan los muchos bienes o regalos, sino el sentirnos amados por Dios. No, no es casual que el maligno haya elegido la navidad para convertirla en la fiesta del consumo, y por tanto, del egoísmo, por excelencia, eso si, permitiendo alguna que otra campaña solidaria en la que participar para calmar nuestra conciencia.

La Navidad es, cómo no, un tiempo para disfrutar de la familia y para amarla, pero no de cualquier modo, sino del mismo modo que Dios cuida de nosotros, con ternura, con infinito respeto. La Navidad es un recordatorio de cómo debemos amarnos todos los hombres, y, especialmente, de como debemos amar a los olvidados, a los marginados de esta sociedad. Es un tiempo para alabar y dar gracias a Dios por todo lo que nos da durante el año (salud, familia, amigos, alegría, ilusión, esperanza…) y lo que nos va a ofrecer en el Nuevo Año que pronto va a empezar.

Y no podemos olvidar que este amor termina siempre en la Cruz, árbol de salvación, «necedad para los judios, locura para los gentiles», en la que, por mucho que nos escandalicemos, siempre nos espera el Señor. Porque el Señor ha nacido para esto, para entregar su vida en rescate por el mundo. Y entregó su vida para que los que viven esclavos del pecado por miedo a la muerte, ya no vivan más para si, sino para aquel que dio su vida por ellos.

Esta es la verdadera salvación que Jesucristo, con su encarnación, nos trae: Dejar de vivir esclavos de nuestro egoísmo. Con su Gracia podremos «negarnos a nosotros mismos» y amar al otro, a nuestro prójimo, a nuestro enemigo, al que nos quiere «crucificar» en nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro trabajo… Este es el verdadero sentido de la Navidad, que no te lo cambien por una «ganga».

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