Todo está a punto… ¿Y nosotros?

Hoy es un gran día para toda la humanidad. Hoy rememoramos un acontecimiento histórico que diferencia al Cristianismo de cualquier otra Religión y gracias al cual, no somos precisamente una Religión. Porque Dios se ha acercado a su criatura no como el resto de dioses de otras religiones, limitándose a enseñanzas o mandatos.

Yahvé se ha encarnado, se ha hecho uno de nosotros, como tú y como yo, para sufrir junto a nosotros. Tanto ha amado Dios al mundo que entregó a su hijo por nosotros. Tras siglos de enseñanzas y mandatos, Dios irrumpe en la historia del hombre encarnándose, en María, y despojándose voluntariamente de su divinidad para mostrarnos, en primera persona, el camino de la salvación.

Dios se ha hecho hombre para salvarnos.

Lo hizo hace aproximadamente 2000 años y quiere volver a hacerlo hoy, ahora, en cada uno de nosotros, porque Dios es Amor y su amor no conoce límites. Como dijo San Pablo, Jesucristo en la Cruz es «impronta de la substancia divida», el amor hasta el extremo, el amor hasta la muerte… ¡y que muerte!

Y todo para salvarnos, a tí y a mi, de nuestro egoísmo y de nuestro orgullo, de todas las tentaciones que este mundo nos presenta bajo la promesa de una supuesta felicidad que no hace sino llevarnos a un callejón sin salida de codicia en el que, al final, nada nos sacia, pero donde siempre lo encontraremos a Él al final de cada angustia, porque Él nos ha amado cuando menos lo merecíamos, no para que cambiemos, sino para que podamos sentir el verdadero amor que se entrega sin exigencias y sin esperar nada a cambio. Él nos ha enseñado el camino para vencer a esas tentaciones, y no es un camino fácil; es el camino de la Cruz, en el que a veces podemos llegar a sudar sangre en nuestras angustias, pero del que, con la fuerza de su Espíritu Santo, saldremos vencedores.

¿Estamos listo para recibirlo? Jesucristo no espera una gran mesa, no espera grandes sacrificios, no espera grandes ofrendas… Como le dijo a San Jerónimo, tras toda una vida dedicada a acercar las sagradas escrituras a todas las gentes, Él solo espera una cosa de nosotros: Nuestra disposición para entregarle nuestros pecados, que Él, y solo Él, puede subir y dejar clavados en la Cruz, para que así ya no vivamos más para nosotros mismos.

Así pues, preparemos nuestro corazón para recibir al Señor con la humildad de quien sabe que no es digno de recibirlo en su casa y con la esperanza de saber con con solo una Palabra, el nos sanará, para que tengamos vida, y no cualquier vida… Vida eterna en Jesucristo resucitado.

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