La hora de los Cristianos en Democracia. ¿A que esperamos?

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona. Hay, pues, un recto orden democrático que debe ser respetado. Es correcto afirmar que la democracia es el gobierno de la mayoría, pero respetando a las minorías. Un riesgo importante que acecha a la democracia es su alianza con el relativismo ético.

En Diciembre de 2007 fuimos miles los que salimos a la calle en defensa de la Familia

El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado de diferentes modos. Uno de ellos es el de la participación en la acción política. Así, tenemos el ejemplo de santo Tomás Moro, proclamado patrón de los gobernantes y políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»; aún sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda y, sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que «el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral».

El ahora recordado Concilio Vaticano II nos decía que los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política, o sea, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común, que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etcétera.

En el congreso Católicos y vida pública, el filósofo Robert Spaemann decía que el Estado moderno se refiere a la verdad siempre sólo indirectamente, y directamente sólo a las convicciones sobre la verdad. Pues la verdad en cuanto tal es intolerante. Si algo es verdadero, lo contrario no puede ser también verdadero. En la democracia, los cristianos son obedientes, mientras no se les pida algo que contradiga los mandamientos de Dios. Pero, en la democracia, los creyentes, como los no creyentes, no son sólo súbditos, sino también ciudadanos y, como ciudadanos, parte del sujeto de la soberanía. No sólo están sometidos a las leyes, sino que son corresponsables de las leyes. No se pueden contentar con no hacer nada injusto, pues son corresponsables de la injusticia que permita el legislador, ya que son parte del legislador y, en una democracia, deben incluso esforzarse por ser la parte mayor posible.

Es verdad que la autoridad en la democracia está en la mayoría, pero también es verdad que, tras las experiencias de las dictaduras elegidas democráticamente, las democracias occidentales aprendieron a reconocer derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria, sino que, al revés, limita la voluntad de la mayoría. En opinión de los defensores liberales de una sociedad secular, los derechos fundamentales, como todo derecho, provienen de la voluntad asociada de hombres. Si tal fuera el caso, estos derechos tendrían que poder ser abolidos. Y si ello está excluido por la Constitución, estaríamos ante una dictadura de los muertos, que codificaron estos derechos sobre los vivos. Pero si estos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de origen divino. Quien no cree en Dios tendrá que considerarlos una ficción, quizá una ficción útil; o incluso necesaria. En todo caso, no se opondrá en modo alguno a una referencia a Dios en la Constitución de su país y de Europa.

En la encíclica Redemptoris missio se nos dice que la Iglesia no impone nada, sólo propone, y no impondría aunque pudiese. La fe verdadera es necesariamente un acto de libertad. Si no conseguimos entender esto, hemos de temer que no conseguimos entender lo que Juan Pablo II llamaba «el principio que inspira la doctrina social de la Iglesia». Y si nosotros, que somos Iglesia, no estamos haciendo esto, la culpa no es de la democracia liberal, sino de nosotros mismos. Benedicto XVI nos recordaba que la Iglesia Católica debe ayudar a los políticos cristianos a tomar conciencia de su identidad cristiana y de los valores morales universales. Así mismo, es de gran importancia que se tenga una justa visión de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, y es necesario que se haga una clara distinción entre las acciones que los fieles realizan en su propio nombre y las acciones que cumplen en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores. Se hace necesario que busquemos sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona.

Y para ello hemos de volver a «la calle», a la vida pública, a los espacios de los que nos han ido expulsando, con muy buenas maneras gracias al discurso de «si, usted es libre, pero en su casa». Y hemos de hacerlo con fuerza en torno a los valores que el humanismo cristiano ha conseguido trasladar a las sociedades occidentales en los últimos siglos: La Dignidad de la vida, la libertad de educación, la libertad de conciencia, la justicia social y el bien común.

Porque si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para arrojarla fuera. Ya es hora de cumplir nuestra misión públicamente, de ser TESTIGOS DE LA VERDAD en medio de una sociedad que vive anestesiada, incapaz ya de diferenciar el bien de el mal y, lo que es peor aún, llamando bien (ahora lo llaman «derecho») al mal como en el caso del Aborto o la Eutanasia.

8 comentarios en «La hora de los Cristianos en Democracia. ¿A que esperamos?»

  1. «La creencia atrofia el cerebro. Si continuan repitiendo y repitiendo, como efectivamente lo hacen, su cerebro se atrofia». Jiddu Krishnamurti

      1. Todas las creencias atrofian el cerebro, religiosas, políticas, sociales, artísticas. Creer es un mero escape inventado por la misma mente que ha construido la vacua y estúpida realidad de la que trata de escapar mediante la ilusión de un futuro mejor.

        1. Gracias Miguel Angel. Pero no sea iluso… rebusque en su interior, y seguro que encuentra muchas otras «creencias» de las que usted no tiene la mas mínima evidencia pero que, como usted dice, le aportan la ilusión de un futuro mejor. Dicho esto, ¿Que hay de malo en ello como para que venga usted a atacarnos? Si no creer hace que la gente vaya por ahí intentando insultar y menospreciar a desconocidos (pues usted solo lo intenta, ya que no ofende quien quiere, sino quien puede), no hay duda que es mejor creer que no creer.

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