El preocupante silencio de los buenos.

El Dr. Martin Luther King Jr. (nacido un 15 de Enero como hoy), fue muchas cosas para mucha gente. Fue un ardoroso e incasable luchador por la igualdad racial y la justicia social. Fue uno de los más determinantes impulsores del movimiento de derecho civiles. Recibió una veintena de doctorados honoris causa, fue persona del año de la revista Time y fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Pero antes, y tal vez por sobre todas esas cosas, fue un cristiano. Un cristiano cabal, que vio la injusticia y el dolor que lo rodeaba, y alzó su voz -con valentía, pero sin violencia- en defensa de su prójimo.

Mártir de la verdad, profeta de la indiferencia de los cristianos «modernos»

.A 50 años de su asesinato, ¿qué lecciones podemos aprender de este pastor bautista cuya participación en la vida pública cambió la historia de su país y del mundo? Veamos apenas tres principios (puedes leer el artículo completo en este enlace)

Política no es lo mismo que política partidaria

La política es (o debería ser) el arte del buen gobierno, de organizar el poder civil de manera de promover la mayor cantidad de bien a la mayor cantidad posible de personas en la sociedad (BIEN COMÚN). Lamentablemente, en no pocos casos la política se ha convertido en un sistema de acenso social o de perpetuación a nivel personal. Muchos políticos profesionales parecen estar preocupados únicamente en la obtención y el mantenimiento de los cargos públicos y sus consiguientes beneficios. Ya no hablemos de los casos de corrupción y delincuencia.

Por supuesto, eso no significa que los cristianos deban abstenerse de participar -a título personal- en política partidaria. Pero el ejemplo del Dr. King demuestra que también fuera de la política partidaria hay un enorme espacio para que las personas de fe influyan en la sociedad en defensa de causas nobles, como de hecho ha ocurrido con la abolición de la esclavitud o el reconocimiento de la libertad religiosa.

Desgraciadamente, los Cristianos europeos del Siglo XXI hemos optado por uno de los peores pecados, el de omisión y el silencio cómplice. El mal avanza y campa a sus anchas en nuestra sociedad, transformando a nuestros hijos y a las futuras generaciones mientras nosotros parece que, en nuestro aburguesamiento y comodidad, hemos renunciado a hacer presente a Jesucristo en nuestra sociedad, con todo lo que ello conlleva, y nos hemos conformado con una vida «chata» de liturgia dominical, cuando millones de nuestros hermanos se juegan la vida cada semana simplemente por el mero hecho de poder asistir a una Eucaristía. Esperemos no tener que acordarnos del dicho que indica que las cosas no se valoran hasta que se pierden, porque no solo está en juego nuestra acomodada Fé, sino la de las futuras generaciones.

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