El coronavirus y la dependencia del Estado. Cuidado con los populismos.

Magnífica la opinión de ayer de Francisco Marhuenda en LA RAZÓN, que debería hacernos reflexionar acerca de como los populismos y, en especial el comunismo, necesita de un control permanente de los medios de comunicación, pues su proyecto se basa en la propaganda y no en los hechos; Como ha llegado a decir Rocío Monesterio, «esta crisis del coronavirus es una gran oportunidad para los totalitarios: quieren hacer a la gente dependiente del Estado».

El populismo se remonta a la Antigüedad y el uso de la mentira para manipular a la sociedades es algo consustancial a la acción política. Las fake news que tanto nos preocupan o no, la verdad es que no estoy seguro porque las encontramos a izquierda y derecha, también son tan viejas como la propia política. Es verdad, también, que la izquierda, siempre tan arrogante, decide que solo es mentira aquello que le conviene y lo utiliza como una nueva fórmula para descalificar al adversario. Es habitual encontrar a estos nuevos sacerdotes de la verdad revelada enumerar las fake news de la derecha para complacer al poder que tan bien les gratifica. Y, además, se consideran, independientes.

El populismo es malo, pero mucho peor es que lo aceptemos con normalidad.

Europa ha actuado con imprevisión y arrogancia a la hora de afrontar esta crisis. Por ello, estamos sometidos a un largo confinamiento. Los sufridos servidores públicos como los sanitarios, policías y guardias civiles, militares y todos aquellos de los sectores público y privado que tienen que trabajar al servicio de la sociedad se han encontrado sin medios suficientes, aunque con un valor y capacidad de sacrificio encomiables. Está muy bien felicitarles, pero también preguntarnos qué ha pasado y si se podría haber evitado. ¿Acaso hemos perdido la capacidad de critica y somos sumisos borregos? Espero que no sea así. Con previsión hubiéramos tenido respiradores, máscaras, jabones, etc.… Y se podría haber actuado de forma distinta. Algunos estaban convencidos de que era algo de los chinos y que venía de una ciudad cuyo nombre no conocíamos, aunque sea mayor que cualquier urbe europea. Los listos dijeron que no venía una crisis, porque subyacía esa idea de que los europeos somos superiores. Luego dijeron que tendría una forma de «v» y ahora ya se tiene claro que afrontamos una situación de retroceso del PIB parecida al escenario económico, con todos los matices que se quiera, que provoca una guerra.

La izquierda española está inquieta porque la crisis se puede llevar por delante al Gobierno y dedica sus esfuerzos a socializar la responsabilidad buscando otros culpables nacionales, así como poniendo ejemplos internacionales. Y descalificando, por supuesto, a todos aquellos que sean críticos. Algunos piensan, incluso, que es la oportunidad para poner en marcha una agenda radical sustentada en interpretaciones pintorescas de la Constitución para imponer nacionalizaciones. Felipe González aprendió de los errores de la Francia de Mitterrand y dejó en el olvido este tipo de despropósitos.

El instrumento jurídico del Estado de Alarma ha sido un error, aunque el fin buscado era afrontar con eficacia una crisis que nos había sobrepasado. Es bueno no olvidar que los actos en una democracia se tienen que ajustar al ordenamiento jurídico y no se puede soslayarlo en aras del bien común. Y el riesgo es que se asuma que un gobierno, del signo que sea, pueda hacer lo que le de la gana y que no pueda ser controlado adecuadamente. No hay más que ver la actuación de la presidenta del Congreso imponiendo una mordaza a la oposición o esas «simpáticas» ruedas de prensa precedidas por un discurso a la patria que por largo y repetitivo resulta muy cansino. El populismo es malo, pero mucho peor es que lo aceptemos con normalidad.

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