Cuando la muerte toma proporciones industriales corremos el riesgo de convertirla en estadística

Comenzamos la celebración del Triduo Pascual y os invitamos a reflexionar sobre la situación que vivimos hoy en día con este editorial de EL MUNDO.

Los ataúdes se alinean por orden alfabético en ocho filas sobre una pista de hielo. De los hospitales de todo Madrid llegan por decenas a diario. Y cuando salen, camino del cementerio, decenas de nuevos ataúdes vienen a ocupar su plaza hasta completar casi el medio millar. Sucede así cada día desde hace demasiados días. Recordaremos siempre las semanas en que la pandemia del Covid-19 se ensañó con los españoles. Y cuando echemos la vista atrás, una imagen acudirá a nuestra mente para expresar tanto dolor. Porque el Palacio de Hielo de Madrid era un lugar concebido para la alegría, para el ocio inocente, para la expansión de las ganas de vivir; pero hoy es el símbolo nacional de una tragedia como España no ha conocido otra desde la Guerra Civil.

Nuestro país ostenta un dramático récord: el de número de muertos por habitante. Ninguna otra nación del mundo presenta una tasa de letalidad tan alta. Y lo peor es que el dato oficial de defunciones -13.798 al cierre de esta edición- no es más que la punta del siniestro iceberg. Porque quienes han muerto sin haber sido ingresados ni testados ni autopsiados podrían triplicar esa cifra. Los bomberos confiesan que nunca habían tenido que rescatar tantos cadáveres solitarios en sus pisos. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha informó el lunes de que las licencias de enterramiento expedidas fueron 1.921. Casi el triple de lo que reconoce Sanidad: 708. En marzo de 2019 hubo 1.691 fallecimientos por los 3.319 de este marzo. Si extrapolamos esta lógica al conjunto de España descubriremos que el Covid-19 habría matado ya a entre 27.000 y 41.000 personas.

Cuando la muerte toma proporciones industriales corremos el riesgo de convertirla en estadística. Números, curvas o gráficos ayudan a informar de la evolución de la pandemia; y sin embargo su asepsia narcotiza, difumina los contornos del increíble drama humano que padecemos. Y eso no es justo con los muertos, con el desgarro singular que supone cada uno de ellos; pero sobre todo no es justo con los vivos. Que no se merecen estrategias de distracción. Que tienen derecho a formarse la idea exacta de lo que está sucediendo. Es humano rehuir el sufrimiento. Es infame tratar de ocultarlo.

Somos muy conscientes de que las fotografías que abren esta edición de EL MUNDO, y que sus lectores deben al formidable trabajo de Fernando Lázaro, contienen una cruda verdad que golpea a quien las mira. Pero la labor del periodismo no consiste en edulcorar los hechos, como si el público fuera menor de edad, sino en exponerlos al juicio adulto de los ciudadanos con la mayor claridad posible. La noticia es que los españoles mueren a cientos cada día. Que sus cadáveres deben ser conservados en una pista de hielo porque las funerarias no dan abasto. Y que sería monstruoso que nos acostumbrásemos a la cotidiana mutilación de nuestro cuerpo social.

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