Razas, Antifas, identitarios… la masonería (y satanás) hacen su agosto.

Que la Masonería es un movimiento satánico y luciferino, no debería asombrar ya a nadie, habida cuenta no solo de las advertencias papales en forma de encíclicas y documentos pontificios que condenan la masoneria que siguen vigentes a día de hoy, sino incluso de las investigaciones de importantes expertos en la materia, como D. Alberto Bárcenas.

Los cristianos sabemos que los signos de la Fé son el Amor y la Unidad, y ya deberíamos ser lo suficientemente mayores como para identificar que cualquier movimiento que pretenda romper el amor y la unidad solo puede tener un origen: El mismísimo diablo, el que divide, aquel que dedica todo su tiempo a alejar al hombre del amor de Dios y que, para ello, necesita sembrar la enemistad y la discordia entre los propios hombres. Por eso nos extraña que los cada vez mejores análisis de la situación que se publican sean incapaces de acabar encontrando el nexo de unión entre todos estos movimientos antisociales, como el que a continuación compartimos realizado por Antonio Robles en Libertad Digital

NECIO, cia. Del lat. nescius. 1. adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber 

La muerte de George Floyd y el incendio provocado en el mundo entero contra el racismo nos remite a una sociedad occidental cada vez más adolescente e inconsecuente. La filosofía que destilan el movimiento Black Lives Matter o los Antifa está hecha con la misma materia que la ideología de género o la fiebre identitaria; todos ellos encapsulan un contenido ideológico cerrado y sectario, fuera del cual no es posible pensar o disentir. Lo que nació para universalizar la igualdad (el no al racismo) se convierte así en un instrumento para imponer una ideología que rompe esa universalidad. De algún modo logran acabar con el librepensamiento, el cambio y el progreso. Y convierten el logro de nacer libres e iguales en dignidad y derechos, en una ideología de parte. Como la lucha por el feminismo, nacida de la misma evidencia, pero convertida en ideología de género.

Esa tendencia occidental actual a delimitar en grupos étnicos valores universales está fundamentada en un adanismo complaciente de las generaciones más jóvenes y en una alarmante ignorancia de los contextos que enmarcaron la epopeya humana. Ese adanismo ha llevado a HBO Max a retirar de su catálogo Lo que el viento se llevó por glorificar la esclavitud y perpetuar los estereotipos racistas contra los negros. Disney, Paramount y la BBC han hecho otro tanto con otras producciones, mientras el terremoto ocasionado por la muerte de George Floyd ha derribado estatuas de negreros en EEUU y Escocia.

No estamos comportándonos mejor que en otros tiempos, donde imperios, religiones o poderes omnipresentes barrieron de la faz de la Tierra a sus predecesores o rivales. La última blasfemia la llevó a cabo el ISIS volando los Budas de Bamiyán y los restos de la ciudad de Palmira.

¿Cómo podemos aprender algo del pasado si lo eliminamos? Ver Lo que el viento se llevó nos enseña más de nuestros errores pasados que todos los dogmas buenistas del presente. El mal no está en el objeto mismo, sino en nuestra manera de verlo.

Ese adanismo ha llevado a muchos incautos blancos a flagelarse ante grupos de negros como si estos los representasen a todos y como si ellos fueran los representantes de los blancos. Racismo inadvertido, un complejo de culpa estúpido. El mismo complejo que los lleva a considerarlos personas de color en lugar de personas negras. Como si el color fuera un insulto, conllevara un estigma o comportara una tara. Nadie verdaderamente humano repararía en el color de los demás para comportarse de una u otra manera. Nuevamente el mal no está en el color de la piel, sino en nuestra manera de percibirla.

Tuvo que ser un poeta negro, el senegalés Léopold Sédar Senghor, quien nos librara de tanto acomplejado inconsciente empeñado en llamar a los negros «personas de color», como si tal eufemismo los hicieran más respetuosos:

Cuando nací, era negro. Cuando crecí, era negro. Cuando me da el sol, soy negro. Cuando estoy enfermo, soy negro. Cuando muera, seré negro. Y mientras tanto, tú, hombre blanco, cuando naciste, eras rosado. Cuando creciste, fuiste blanco. Cuando te da el sol, eres rojo. Cuando sientes frío, eres azul. Cuando sientes miedo, eres verde. Cuando estás enfermo, eres amarillo. Cuando mueras, serás gris. Entonces, ¿cuál de nosotros dos es un hombre de color?
(Recitado por Eduardo Galeano, aún es más bello).

Especialmente sangrantes son nuestros Black Lives Matter nacionales. Son capaces de sobreactuar sobre conflictos racistas a diez mil kilómetros de casa, pero incapaces de combatir el racismo lingüístico y cultural en Cataluña o el País Vasco.

Esta misma semana, el Ayuntamiento de San Sebastián ha ofrecido ayudas a las empresas debilitadas por la crisis del covid-19, siempre y cuando rotulen sus establecimientos en euskera. A la vez que apoyan el derribo de estatuas racistas en EEUU o Escocia, mantienen la calle Sabino Arana en Barcelona o la estatua del racista vasco en Bilbao.

Es la edad de la piedad. Y de la irresponsabilidad. No es un problema de España, ni siquiera de EEUU, es una infección occidental que augura su decadencia.

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