¿Justicia social o Bien Común?

(EL DEBATE DE HOY) «Los guías del proletariado tenían razón. Las lecciones de los recientes acontecimientos políticos y sociales lo demuestran».

Así lo declaró el movimiento de curas obreros católicos de Francia en un libro de autoría colectiva publicado en 1954. ¿Quiénes eran los «guías del proletariado»? El Partido Comunista Francés (PCF), por supuesto. ¿Y por qué los recientes acontecimientos daban la razón al PCF? Bueno, el Partido sostenía, y los curas obreros estaban de acuerdo, que el Plan Marshall financiado por los Estados Unidos había causado «desempleo», «bajos salarios», «escasez de viviendas», «ilegalidad» y «represión», entre otros males sociales.

La afirmación era algo más que curiosa. En todo caso, las fuertes inyecciones de dinero americano en las economías europeas habían aliviado los dolores de la posguerra del continente y facilitado la reconstrucción. Pero los sacerdotes se dejaron llevar por sus lealtades ideológicas al afirmar que el plan fue una fuente de miseria. La aseveración era, en la acertada descripción del pensador anticomunista francés Raymond Aron, un ejemplo sorprendente de la «escolástica estalinista» a la que sucumbieron demasiados católicos de la izquierda en el siglo pasado.

El testimonio cristiano sufre terriblemente cuando los seguidores del nazareno adoptan las teorías de la izquierda sobre la historia y los métodos de cambio social.

Un tuit de Elizabeth Bruenig durante el largo[1] fin de semana me hizo pensar en la crítica de Aron. «Resulta conmovedor», decía la columnista de The New York Times, «que la mayor amenaza de la extrema izquierda sean los impuestos más altos, mientras que la mayor amenaza de la extrema derecha sea, en fin, Dachau o Verdún». Su tuit provocó una explosiva reacción en contra -muy justificada- en la red.

¿Una columnista de talento, que se describe a sí misma en primer lugar como cristiana en la biografía de su perfil en Twitter, realmente cree que lo peor que la izquierda ha hecho es imponer tasas impositivas marginales más altas?

Tal vez usó el adjetivo «conmovedor» para sugerir que la amenaza de la izquierda podría ser considerada leve en comparación con los atroces crímenes de la derechalos campos de la muerte y las matanzas de inspiración nacionalista. Dejemos de lado el hecho de que los soldados franceses que se lanzaron a la batalla en Verdún sirvieron a la Tercera República, la cual difícilmente puede ser descrita como un producto de la «derecha».

Más «conmovedora», por así decirlo, resulta una simple pregunta. ¿Una columnista de talento, que se describe a sí misma en primer lugar como cristiana en la biografía de su perfil en Twitter, realmente cree que lo peor que la izquierda ha hecho es imponer tasas impositivas marginales más altas? Los cerca de 100 millones de víctimas del comunismo -masacrados en los campos de exterminio de Camboya, muertos de hambre en China y Ucrania, esclavizados hasta la muerte en el gulag soviético- no cuentan al parecer.

El tuit de Bruenig también, en efecto, instaba a los lectores a no creer lo que sus propios ojos ven. Noche tras noche, hombres y mujeres vestidos de negro que llevan el estandarte de una Nueva Nueva Izquierda están sembrando el caos en las ciudades de América. En Washington D.C. intimidaron a los comensales que compartían una pacífica comida. En Rochester, NY, también lo hicieron y destrozaron restaurantes. En Portland, Oregón, incendiaron edificios residenciales, cuarteles de la Policía y un juzgado federal y mataron a tiros a un hombre por el «crimen» de llevar una gorra de «Patriot Prayer«.

Bruenig no es la única. Muchos escritores cristianos incuestionablemente inteligentes y escrupulosos denuncian las graves amenazas que plantea la política de la derecha, mientras restan importancia a las de la izquierda, y lo hacen con una ingenuidad que bordea lo escandaloso.

Aron resolvió este rompecabezas en su obra maestra de 1955, El opio de los intelectuales[2]. Observó que el testimonio cristiano sufre terriblemente cuando los seguidores del nazareno adoptan las teorías de la izquierda sobre la historia y los métodos de cambio social. Esto sucede incluso cuando rechazan el relato materialista de la izquierda sobre la realidad e insisten en que el socialismo no es más que una herramienta tecnocrática para mejorar la suerte de los desposeídos de la tierra.

Este autoengaño operaba entre los curas obreros que comenzaron admirablemente llevando su ministerio directamente al proletariado urbano, pero que terminaron sirviendo como apologistas de Moscú. ¿Por qué? Como escribió Aron, los curas obreros habían llegado a «asimilar las líneas generales de la filosofía comunista de la historia». En esa filosofía, una clase, y solo una, podía salvar a la humanidad. Solo una clase era el verdadero agente del cambio positivo. Solo una clase tenía acceso a la plenitud de la verdad, siempre y cuando alcanzara la «conciencia de clase» y la «organización» con la indispensable asistencia de la vanguardia comunista, naturalmente.

«Es cierto que los curas obreros siguen siendo católicos», concedía Aron. «Niegan que el drama del proletariado sustituya al drama de la salvación». Sin embargo, al declarar que los desposeídos debían jurar lealtad a las ideologías de la izquierda que afirmaban representarlos, degradaron sistemáticamente los postulados que la Iglesia sostiene sobre sí misma pasando su papel de primordial a auxiliar. Esto también significó abandonar el relato cristiano y clásico de la justicia y sustituirlo por la «justicia» revolucionaria de la izquierda. De modo más prosaico, el resultado fueron sacerdotes activistas que eran tan susceptibles al engaño marxista como los miembros ordinarios y ateos del Partido (de ahí las extrañas afirmaciones que hicieron sobre el Plan Marshall).

Los izquierdistas cristianos tratan de superar esta tensión irreconciliable con memes provocativos: avatares en redes de Lenin y Stalin con halos y otros toques iconográficos cristianos

«A veces», escribió Aron, el izquierdista cristiano «reduce su comunismo a una técnica de organización económica; hace una distinción radical entre la fe religiosa y la existencia colectiva y se niega a reconocer que la Iglesia cristiana no reconoce esta distinción más que la iglesia secular«, es decir, que la iglesia de ideología progresista. La izquierda materialista «no considera al comunismo como una técnica neutral comparable a una máquina a disposición de la sociedad». Por la misma razón, la Iglesia «quiere inspirar la vida de todos y cada uno, todo el tiempo y en todas las esferas, y no limitarse a la administración de los sacramentos».

Dicho de otra manera: el cura obrero de la época de Aron no podía dejar atrás en la sacristía la visión total del catolicismo sobre la persona humana y la historia, como tampoco se le permitía llevar su política pro-Moscú, con toda su maquinaria materialista y supuestos ateos, al altar de Jesucristo. Los curas obreros trataron y fueron recibidos, en el mejor de los casos, con un frío rechazo y la desaprobación del sucesor de Pedro. Hoy en día, los izquierdistas cristianos tratan de superar esta tensión irreconciliable con memes provocativos: avatares en redes de Lenin y Stalin con halos y otros toques iconográficos cristianos, la Santísima Virgen María como el prototipo de lanzador de bombas antifa, y así sucesivamente.

Aron, un liberal clásico, escribió con asombrosa perspicacia sobre la seducción ideológica del izquierdismo cristiano. «El cristiano progresista», escribió, «cierra sus ojos y su corazón a esta incompatibilidad básica» entre sus dos credos.

El tuit de Bruenig sobre lo peor de la izquierda (¡solo impuestos altos!) parece situar a la izquierda como el único agente histórico verdadero y positivo de nuestro tiempo y a la derecha como una fuerza oscura para el mal. Pero si eso es así, ¿son los ataques antifa contra personas y propiedades meros excesos comprensibles del compromiso con una causa esencialmente buena? Las pruebas parecen sugerir que la respuesta es «sí», aunque me alegraría que Bruenig dejara constancia de lo contrario.

NOTA PROPIA: Es evidente la distancia que existe entre los conceptos de la Justifica Social y el Bien Común. El Bien Común se busca moviendo los corazones de las personas hacia la solidaridad personal con los que más lo necesitan. La Justicia Social, se administra e impone en base a los postulados de quienes dictan, en cada momento de la historia, lo que es justo y lo que no.

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