Aborto: las cifras de la vergüenza.

Quizás ha llegado la hora, con algo más de perspectiva y sosiego, de poner en su sitio las estremecedoras cifras del negocio del exterminio de los no nacidos. Una vez superado la que, al menos hasta ahora, parece ser la peor fase de la pandemia, con más de 80.000 muertos en España en el año 2020, es momento de reflexionar sobre el Aborto.

¿Cuántos recursos se han destinado en estos 2 años a luchar contra el Coronavirus? ¿Cuántos recursos se destinan cada año a la lucha contra el Cáncer? ¿Porqué entonces se sigue promoviendo el aborto como un derecho? La respuesta está, sin duda, en los ambiciosos planes sobre el control poblacional mundial que, desde hace décadas, vienen implantándose en todo el mundo a través de organismos como la ONU.

En España, casi 100.000 niños son abortados cada año.

Las cifras son verdaderamente terribles. Más de 42 millones de niños asesinados cada año en el mundo (la gran mayoría de ellas, niñas, por cierto, pues parece que matar a una mujer, si aún no ha nacido, no es «violencia» contra la mujer).

El aborto es, a día de hoy, la principal causa de muerte de seres humanos en el planeta. Ni tan siquiera sumando las víctimas por el Coronavirus, el cáncer, el suicidio e incluso las guerras en 2021, se alcanzaría la mitad de las víctimas que los centros de exterminios de niños no nacidos generan en todo el planeta cada año.

El aborto mata 5 veces más personas en el mundo que el coronavirus

¿Es el aborto un avance en los derechos y en las libertades individuales?

Mientras que países como España destinen cada año más de 50 millones de Euros a promover y financiar el lucrativo negocio de los centros de exterminio y apenas 3 millones a ayudas a mujeres sin recursos, el aborto jamás podrá ser considerado como un avance en las libertades. Antes bien, al contrario, se limitan las opciones de la mujer para ofrecerles una única salida ante un embarazo no planificado: abortar.

Y para ello los mecanismo burocráticos no tienen problema alguno en hacer todo lo posible por ocultarles la verdad. No se les permite durante ese trance ver o escuchar a las criaturas que llevan en su vientre y, muy pronto, también prohibirán, por Ley, que nadie se atreva a invitarlas a reflexionar sobre el terrible acto y las consecuencias para ellas mismas, pues la naturaleza no perdona, que van a llevar a cabo.

Más aún, una vez que abortan, se las abandona a su suerte, sin ningún tipo de apoyo psicológico, siendo, una vez más, las asociaciones pro-vida en su gran mayoría cristianas, las que acogen a estas mujeres heridas en lo más profundo de su ser y tratan de ayudarlas para re-establecer su equilibrio emocional, empezando por asumir el luto de la criatura a la que no han dejado nacer, esa que las autoridades y verdugos disfrazados de sanitarios que las atendieron les dijeron que «no existía».

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