Al pan pan, y al vino, vino… o la perversidad tras el lenguaje políticamente correcto.

Ya lo decía Chesterton: cuando se deja de creer en Dios se está dispuesto a creer en cualquier cosa.

Esta famosa expresión se suele utilizar para recordarnos que hay que llamar a las cosas por su nombre. Que, para que podamos entender bien de qué hablamos en cada momento, debemos utilizar las palabras según su significado original, de forma que todos tengamos claro a qué nos referimos cuando utilizamos un término.

Al pensar en el posible origen de esta expresión, tengo claro que debió surgir como una crítica del ateísmos hacia los cristianos. Somos los cristianos los que, cuando se dan ciertas circunstancias, al pan lo llamamos “Cuerpo” y al vino lo llamamos “Sangre”. Podemos entender que es una forma de criticar a quien niega la realidad movido por sus creencias. Es decir, una crítica a aquellos que dan más importancia a lo que creen que a la realidad misma. De esta forma, se presentaba al cristiano como enemigo de la realidad.

Sin embargo, ahora los que se alejan de la realidad son otros. Son otros los que no llaman a las cosas por su nombre. Si antes aferrarse al significado del concepto era lo racional, lo correcto, lo lógico; ahora es de antiguos, de viejos que no quieren evolucionar. Lo moderno es decir que un hombre no tiene por qué ser “hombre”, que la mujer ya no es “mujer” si no quiere, que el aborto no es aborto, sino “interrupción”, que el término “familia” puede ser utilizado para hacer referencia a quince formas distintas de convivencia (según el último recuento).

Podría seguir con otros muchos ejemplos, incluso desde el ámbito de la política. ¿Son “de izquierdas” todas las propuestas que presenta “la izquierda”? ¿Es de derechas todo lo que hace el partido “de la derecha”? Los términos socialdemócrata, conservador, liberar, comunista, etcétera también han perdido su significado original para muchos.

El problema de no llamar a las cosas por su nombre, es que perdemos la capacidad de comunicarnos, de entender claramente lo que el otro nos quiere decir. No podemos utilizar la misma palabra para referirnos a realidades diferentes, pues no seremos capaces de transmitir la esencia del mensaje.

Uno de los conceptos que más sufre la distorsión de la modernidad es el de matrimonio. Hoy podemos llamar matrimonio a cualquier forma de relación, aunque no cumpla ninguno de los requisitos que siempre (en toda época y sociedad) se han requerido para ello. Antes todos entendían que al matrimonio se iba con la intención de que la relación durara toda la vida, pero hoy muchos entienden que un matrimonio pueda empezar con fecha de caducidad (conocemos casos en Hollywood que establecen distintas condiciones según duren más o menos de 10 años). Antes todos entendían que el matrimonio estaba formado por un hombre y una mujer, pero hoy muchos defienden que dos personas del mismo sexo también pueden ser matrimonio. Antes todos entendían que un matrimonio es la unión entre dos personas, pero hoy algunos defienden el matrimonio “múltiple” de relaciones de tres personas, o incluso entre una persona y un animal. Antes todos entendían que el matrimonio era el lugar ideal para que los niños vinieran al mundo, pero hoy muchos defienden que los niños nazcan en laboratorios o en vientres contratados al efecto y que sean educados en comunas.

Hemos llegado al extremo de negar la realidad, cualquier realidad. Para muchos las ideas, las percepciones o los sentimientos están por encima de la realidad y de la biología. La ideología está por encima de la evidencia. La nueva religión del laicismo-feminismo-LGTBIZ-ismo se esfuerza en imponer sus ideas a la naturaleza. La ideología de género llega a negar la biología y la genética. No quieren permitir que ninguna evidencia científica les estropee sus planteamientos ideológicos.

Por eso ahora, precisamente los cristianos, somos los que más tenemos que insistir en llamar al pan pan y al vino vino.

 

Miguel Ángel Sánchez Vargas

Colaborador de Cristianos en Democracia en Córdoba

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