La pornografía impide que la persona sea libre y cada vez «engancha» a más jóvenes.

«Hablemos de sexo: la pornografía», es el título de la conferencia que pronunció hace nada menos que 7 años Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría y director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas de Madrid. Parece mentira que tras tantos años de advertencias por parte de especialistas en la materia, nadie haga absolutamente nada y, lo que es aún peor, la industria del porno crezca cada día más a base de contenidos cada vez mas violentos.

La adicción a la pornografía ha sido ya ampliamente demostrada por diversos estudios científicos.

«La pornografía es una adicción al consumo de películas, imágenes o audiciones de carácter sexual». Se trata, en realidad, de una droga: «Tiene —afirma — todas las características de las adicciones: no se puede dejar, es una tendencia enfermiza a ese consumo y produce una percepción enfermiza de la realidad sexual». Se trata, además, de «una enfermedad privada que no asoma en público, es bastante inconfesable».

El hecho de estar en la era de la imagen y del culto al cuerpo ha provocado, según él, que se organice «el gran negocio de la pornografía». Todo ello impide que el hombre sea libre y sea capaz de ver en la mujer —«porque es fundamentalmente masculina, el 90 por ciento de los adictos son varones porque la mujer sabe mucho más de la sexualidad que el hombre»— algo que no sea el contacto sexual: la afectividad, la amistad, la relación psicológica, «porque todo lo orienta al consumo de sexo, al contacto corporal».

Para llegar a la situación actual, han confluido, en palabras del doctor Rojas, «el hedonismo de nuestro tiempo, que es entronizar el placer, el consumismo y la avidez por tener cosas, y finalmente el relativismo, la permisividad que arranca de la Revolución Francesa, que dice que nada es bueno ni malo, que todo depende del punto de vista, lo que da origen a un ser humano sin referente y si remitente».

El adicto a la pornografía tiene un perfil medio, diagnosticado por el psiquiatra: «Es un hombre de 35 a 40 años, casado o separado, más bien reservado, introvertido, con tendencia a una vida solitaria, que neutraliza su timidez con su adicción al sexo». Pero no conviene olvidar que hoy hay «una invitación permanente al sexo, como se manifiesta en las aproximadamente 1.500 millones de páginas de pornografía en internet».

Aunque la eclosión de la pornografía tiene antecedentes más remotos, para el profesor Rojas hay una fecha determinante. En mayo del 68 vino la llamada «Liberación sexual», antes estaba la doctrina de Freud, que tuvo «grandes aciertos y enormes fallos», como achacar la mayor parte de las neurosis a la represión sexual aunque ya en 1950 su propia hija dijo que «hoy hay cada vez más liberación sexual y cada vez más neuróticos».

Mientras que el adicto al porno se limita a lo físico y lo genital, «la sexualidad auténtica —en palabras del catedrático— es un encuentro de personas, una relación armónica que debe estar enmarcada por cuatro notas: la genital, la psicológica o el intercambio de emociones, la espiritual porque no somos animales y la biográfica; es una partitura donde todas estas notas deben sonar a la vez».

Rojas distingue claramente entre el sexo sin amor y el sexo con amor comprometido: «El sexo sin amor es algo de usar y tirar; se le puede llamar amor como Fidel Castro dice que en Cuba hay democracia». El segundo, por su parte, «es una relación íntegra, que es capaz de sintetizar con arte los cuatro componentes que he descrito, es una relación de persona a persona».

Para situar la sexualidad en la persona, recurre a una metáfora muy clara: «La sexualidad debe estar localizada en la geografía del amor y de los sentimientos; el sexo sin amor tiende a ser inmaduro, enfermizo o neurótico, de mal pronóstico a medio plazo».

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