DEL TELÓN DE ACERO A LA VENDA EN LOS OJOS.

Se van cumpliendo, a lo largo de este 2019, treinta años de los distintos acontecimientos que permitieron la caída del comunismo en Europa y me llena de asombro la total indiferencia hacia esta memoria histórica. Los progres han conseguido blanquear su pasado reduciendo el telón de acero al muro de Berlín y diluyendo la caída de una ideología en la reunificación de un país.

Hace apenas 30 años, en media Europa no sabían lo que significaba la palabra «elecciones».

Los antecedentes que permitieron llegar a los eventos de 1989 empezaron once años antes. En 1978, Juan Pablo II es elegido Papa; en 1979, Margaret Thatcher, Primera Ministro del Reino Unido; en 1980 se funda el sindicato polaco Solidaridad; en 1981, Ronald Reagan es elegido presidente de EE.UU y el mariscal Jaruzelski, por orden de la URSS decreta la ley marcial en Polonia; en 1982, el católico Helmut Kohl es elegido canciller de la República Federal Alemana y muere el dictador soviético Brézhnev. Tras su muerte, Jaruzelski levantó la ley marcial en Polonia y en la URSS se sucedieron distintos y breves presidentes, cinco en seis años: Kuznetsov, Andrópov, Chernenko, Gromyko y Gorbachov. En esos años la URSS se hundió. Cuando Gorbachov alcanzó el poder en la Unión Soviética el 1 de octubre de 1988, tuvo la habilidad de darse cuenta de que ya no había nada que hacer en Polonia ni en Hungría.

Así se desatan los hechos históricos de 1989. En febrero, en Polonia, se reúne la mesa redonda que acordaría la celebración de las primeras elecciones libres de la historia en un país comunista, en junio de ese mismo año.
Mientras, en Hungría, János Kádár, líder comunista histórico, vivió una conversión al catolicismo en sus últimos meses de vida, entre 1988 y 1989. Kádár dimitió formalmente en mayo de 1988, aunque seguía siendo la autoridad en la sombra. Durante seis meses le sustituyó Károly Grosz. Finalmente, en noviembre de 1988 fue nombrado Primer Ministro
Miklós Németh, que fue quien gestionó el proceso de desmantelamiento.
El 2 de mayo, Hungría comenzó a desmontar físicamente su frontera con Austria. Esto fue lo que incitó a muchos alemanes de la RDA a viajar a Hungría para, desde allí y vía Austria, pasar a la Alemania occidental. El telón había caído y el muro ya no era necesario. Treinta años después, parafraseando a Churchill, es triste comprobar que un tupido velo ha caído desde los ojos hasta la memoria sobre los males de la peor de todas las ideologías políticas.

José A. Ramos-Clemente y Pinto.
Secretario de Organización

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *