No suspender las movilizaciones del 8M fué una temeridad.

Se cumple un mes de las movilizaciones del 8M y, pese a quien pese, hay que mantener vivo en el recuerdo las temeridades cometidas por nuestros Gobernantes para evitar que permanezcan «sine die» bajo el escudo protector de la crisis y asuman sus responsabilidades políticas.

Como leemos en el editorial de ABC, el coronavirus circulaba libremente por España a finales de febrero y, en la semana del Día de la Mujer, la cifra de contagiados empezaba a escalar de forma exponencial. Pero no fue hasta el 9 de marzo, con mil infectados, cuando el Gobierno puso sobre la mesa las primeras restricciones, tras un fin de semana de manifestaciones masivas y eventos multitudinarios. Desde entonces, muchos han sido los epidemiólogos, expertos sanitarios y catedráticos consultados por ABC los que han tachado de «locura» e «irresponsabilidad política» la celebración de estos actos masivos con los datos que ya estaban sobre la mesa.

Con más de 1000 muertos en la semana previa al 8M, el Gobierno no solo no tomó medidas, sino que alentó la afluencia masiva a las mismas.

«Ha sido la locura», resumía apenas unos días después del 8 de marzo Gianni Rezza, un máximo exponente del comité científico que asesora al Gobierno italiano sobre el Covid-19, para después pedir a España que endureciera aún más sus medidas. «No es posible bromear con este virus», decía.

Coincide el profesor de Medicina Preventiva y de Sanidad Pública, Walter Ricciardi, representante italiano en el comité directivo de la OMS, quien confesó el 14 de marzo, en una entrevista a ABC, que España iba con notable retraso en la adopción de medidas, criticando sin rodeos al Gobierno español por su retraso en la adopción de medidas y, muy en particular, calificando de «locura» la manifestación del 8-M: «En efecto, una locura porque el virus está viajando. Y esas grandes manifestaciones le hacen un favor al virus, en vez de obstaculizarlo», dijo Ricciardi.

También dentro de España hay múltiples expertos que no se explican cómo se pudieron permitir, o incluso alentar, los actos públicos cuando ya había personas confinadas y víctimas mortales en el país. «Sea el acto que sea, a mi juicio autorizar esas concentraciones fue una irresponsabilidad política», decía Eduardo Rodríguez Farré, asesor de la UE en riesgos para la salud.

«No empezaron a pensar en poner alguna restricción al tráfico, ni de supresión de manifestaciones y eventos, hasta que se tuvieron más de mil casos, del 8 al 9 de marzo, cuando en la semana anterior ya se veía un tendencia ascendente muy marcada y se tenía el antecedente de Italia», lamentaba también Rafael Herruzo, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Autónoma de Madrid. No se aprendió de China, pero tampoco de Italia, ni pese a que, según Juan Gestal, profesor emérito de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), «no hay que ser experto» para saber que «deben evitarse al máximo las concentraciones, dado que éstas amplificarían la transmisión».

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