Es el dolor ¡Imbéciles!

Reproducimos, incluso con el título (ampliado y aplicado a la realidad española) este magnífico artículo de opinión de D. Enrique García – Maiquez en EL DIARIO DE CÁDIZ la pasada semana.

Ahora oigo mucho la radio porque voy todo el día de arriba abajo en el coche. Entre el confinamiento y el sedentario verano, había olvidado lo que era quemar caucho. A cambio, escucho. He descubierto -aunque el locutor que nos contaba su vida no cayó en la cuenta- que el mejor activista contra la eutanasia fue Antístenes, el fundador del cinismo, nada menos. Eso nos viene muy bien porque hay quien piensa que sólo es posible estar en contra desde el catolicismo más ortodoxo. ¡Sí, hombre!

Discípulo de Sócrates, encontró la calma en el desprendimiento de los bienes materiales y la indiferencia a la opinión del mundo. A veces le objetaban que no era hijo de atenienses ni de padres libres. Replicaba él, héroe de guerra: «Ni tampoco de dos palestritas o luchadores, y no obstante, soy palestrita».

Este ateniense libre, ya anciano, tuvo una enfermedad muy dolorosa. Diógenes, su discípulo, entró en su habitación con un puñal y se lo dejó ver y preguntó con tonito demagógico: «¿Necesitas de un amigo?». Salió. Antístenes volvió a quejarse: «¿Quién podrá librarme de tanto dolor?» A lo que el diligente Diógenes entró blandiendo el puñal y señalándolo dijo: «¡Éste!», dispuesto a hundírselo del tirón en el quinto espacio intercostal. A lo que Antístenes dio una respuesta de gran actualidad filosófica y ética: «Digo librarme del dolor, imbécil, no de la vida». No creo que el ángel que retuvo la mano de Abraham cuando lo del sacrificio de Isaac fuese más expeditivo.

En la radio no sacaron el corolario de esta escena, pero ya vemos que el Gobierno tiene el verdadero síndrome de Diógenes, que no es tanto recoger basura como creer que un cuchillo o una jeringuilla letal bien clavadas solucionan nada a los enfermos. Hace 2.400 años Antístenes dio la respuesta exacta. También había dicho, por cierto, que «las ciudades se pierden cuando no pueden discernir a los honestos de los viles».

Son los cuidados paliativos y el cariño los que requieren los enfermos y mayores. Y ha sido eso, desgraciadamente, lo que hemos echado en falta en esta crisis; y no me refiero sólo a los terribles vídeos de algunas cuidadoras de ancianos desalmadas, sino también al cribado en los hospitales y al abandono en las residencias. Si yo fuese médico de cuidados paliativos, usaría este luminoso apotegma como lema de mi especialidad: «Es el dolor, imbécil», la frase de Antístenes, el cínico, sí, pero no tanto.

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