Hentai (la sexualidad al servicio del Amor y la espiritualidad)

Hace tiempo que como cristiano pienso que, todo el movimiento de la liberación sexual, que empieza en el Mayo del 68 y que llega a nuestros días de la mano del feminismo, se ha apoderado de una de las imágenes más potentes y efectivas de la historia, que no es otra que la de la mujer disfrutando de la sexualidad sin reparos, con naturalidad y libertad.

Quizás los cristianos no hayamos defendido con suficiente fuerza e insistencia esta idea, quién sabe. No obstante, como casi siempre ocurre en estos casos, cuando una teoría o filosofía emergente señala alguna carencia en el marketing de la Iglesia -y digo marketing porque, en una sexualidad cristiana bien entendida, por supuesto que este elemento está presente- no lo hace únicamente para identificar el fallo sin más, no. También lo corrige y esta corrección viene con el añadido de una carga ideológica importante.

Y es así cómo, la imagen de la mujer que disfruta del sexo con naturalidad, va acompañada con la idea de que este goce sólo acontecerá si la mujer en cuestión rechaza cualquier tipo de atadura. Dicho más fácilmente, parece como si sólo las mujeres “libres”, en relaciones “abiertas”, en encuentros sexuales esporádicos, sin el “yugo” del matrimonio, la fidelidad o la familia, pudieran disfrutar del sexo. De modo que esta potente imagen de la mujer gozosa, lleva consigo una guarnición añadida que reivindica una sexualidad desordenada. Basta escuchar la letra de la primera canción que suene en la radio para caer en la cuenta de que se está haciendo apología de una supuesta libertad que da la falta de compromiso en las relaciones amorosas.

Me pregunto entonces qué pasa con esas mujeres casadas, madres de familia, en relaciones comprometidas y fieles. ¿De verdad no pueden disfrutar de la sexualidad? Pues bien, después de mucho tiempo rumiando estos pensamientos, y después de horas y horas de música, donde esta idea aparece en bucle, llega a mis oídos, por caprichos de Spotify, Hentai, una de las canciones del nuevo disco de Rosalía,titulado Motomami.

El tema principal de la canción, pues no puede ser otro que la magnífica y atractiva imagen de una mujer -en este caso la artista- disfrutando con naturalidad de la sexualidad. Sin embargo, y para mi sorpresa, esta representación no viene aderezada con la carga ideológica que acostumbro encontrar. No sólo no hace apología de lo que podríamos llamar “mujer libre de ataduras”, sino que encima, la artista se enorgullece de que el hombre con el que comparte la experiencia sexual le guarde fidelidad. Sí, habéis leído bien, pues se la dedica a un hombre al que quiere “ride como a mi bike” y que le guarda fidelidad, pues “siempre me pone, por delante de esas putas”.

Si no has escuchado la canción y la primera noticia que tienes de ella son estas líneas, es muy probable que éstas te desagraden por su tono obsceno y explícito. Pero déjame decirte, querido lector, que es precisamente ahí donde reside su encanto.

Rosalía no hace una reivindicación de la sexualidad al uso, tal y como nos tiene acostumbrados el reguetón, en el que se busca el placer por el placer y se desprecian las relaciones románticas. Rosalía hace del encuentro sexual, algo más profundo y trascendental porque, en primer lugar, éste se da dentro de una relación romántica y, en segundo lugar y más importante, porque concibe el sexo como pieza fundamental de la espiritualidad. Lo plantea como un elemento esencial que está al servicio del amor y de la espiritualidad. Así lo declara cuando afirma “lo segundo es chingarte, lo primero, Dios”.

Seguramente hayan detectado como yo, que, esta visión de la sexualidad a la que antes hacíamos referencia como la demujer libre de ataduras tan característica de nuestros tiempos, está un poco masculinizada. Quiero decir que, hay una renuncia intencional a cualquier atisbo de lo que tradicionalmente se ha considerado como “femenino”. Pues bien, tampoco en ese cliché tan manido cae Rosalía. La cantante reconoce que buscaba que esta atrevida canción tuviese una melodía propia de una película Disney. Este fuerte contraste entre lo obsceno y lo “Disney”, bien le ha servido para recibir un importante aluvión de críticas. Y, sin embargo, es este contraste tan atrevido y poco común el que hace, a mi juicio, que la canción sea tan buena.

En una entrevista en la que la artista hace alusión a la canción, reconoce que pretendía hacer una canción de temática sexual, pero que quería hacerla siendo honesta consigo misma, intentando transmitir cómo lo vive y experimenta personalmente. Y en ese ser honesta consigo misma, Rosalía no renuncia a la dulzura. No, no cae en el cliché de avergonzarse de la dulzura porque es “femenina”. Así lo vive y así lo transmite, mal que le pese a algunos. Dulzura que, por cierto, está representada en la melodía Disney que tan importante es en la canción. También en el título, en el que Rosalía admite que, frente a lo explícito de la pornografía, prefiere la sutiliza del hentai. ¿Qué el hentai sigue siendo obsceno? Sí, como lo es el sexo a veces, y no pasa nada, porque la mujer puede disfrutar con naturalidad de esta fogosidad a la que hacíamos alusión al principio, mal que le pese a otros. Se puede ser Mami y se puede ser Moto, y en ese frágil equilibrio entre dulzura y obscenidad reside el erotismo.

¿Qué queréis que os diga? debo reconocer que, para mí, como hombre, en un momento en el que la masculinidad es presunción de culpabilidad. Donde cualquier atisbo de masculinidad se identifica automáticamente como una forma de caciquismo, donde se condena y se intenta hacer desaparecer la masculinidad en las escuelas con los talleres de “nuevas masculinidades”, la canción de hentai me resulta como un soplo de aire fresco.

No puede ser de otro modo: cuando una chica de la talla de Rosalía, se reafirma en su feminidad sin complejos; cuando hace una canción en la que el hombre no sólo no es enemigo, sino que es partícipe de ese goce, condición sine qua non del amor sexual; cuando esa masculinidad no sólo no es condenada, sino que es respetada, admirada e incluso, deseada enamorá de tu pistola”; cuando Rosalía, dirigiéndose al varón, sin renunciar un ápice a su feminidad, le muestra a éste que puede hablar su idioma, que entiende su sentir y su forma de vivir la sexualidad; cuando demuestra que puede jugar a ser obscena sin perder dulzura; cuando aclara sin tapujos queya te quiero hacer hentai”, yo no puedo más que echarme a llorar de la emoción.

A mi juicio, con esta canción Rosalía salva a la mujer que el mundo actual no tiene presente. Reivindica el goce sexual para la mujer casada, la madre de familia, la mujer comprometida en relaciones en las que los amantes se mantienen fieles. Le da una dignidad espiritual y sobretodo, corporal al amor. Salva al varón, pues declara que puede maravillarse ante a su mujer gozosa mientras ésta declara con libertad que, quiere hacerle hentai. Salva al matrimonio, pues muestra a los casados, aunque el mundo no lo entienda, como los más apasionados y radiantes amantes. Rosalía se da cuenta de que, cuando esa diferencia es respetada, asumida y deseada, entonces, y sólo entonces, el sexo se convierte en una experiencia religiosa, en imagen de la divinidad, donde las metralletas y lo Disney se dan la mano para alcanzar el cielo. Aquí y así, todo es “so good.”

Pero, no puedo evitar terminar estas líneas con la misma queja con la que empecé. ¿Cómo se va a dar este milagro, cómo diablos se va a hacer hentai, cómo van a sonar metralletas y Disney si no nos permiten ser hombres en la cama, en la familia y en la vida? ¡Necesitamos la libertad de Motomami!

Ignacio Montero Cotán.

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