¿Hakuna Matata? No, la felicidad está en la verdad.

Si tuviéramos que explicar cuál es el mensaje del El Rey León con un eslogan, es bastante probable que a todos se nos ocurra la misma frase ¡Hakuna Matata!”

Suelo encontrarme esta respuesta cuando le pregunto a mis alumnos de bachillerato cuál es la idea principal que intenta transmitir la conocida película de Disney. Cuando aparece en clase esta conocida expresión, suelo plantear una segunda pregunta: – ¿Y en qué consiste eso del Hakuna Matata?-. –Muy fácil profe– responde siempre algún alumno; -Hakuna Matata, vive y deja vivir. Hakuna Matata, vive y se feliz. Ningún problema debe hacerte sufrir, lo más fácil es saber decir, Hakuna Matata-.

Aún a riesgo de que esta máxima sea considerada superficial e infantiloide, es importante subrayar que es una de las ideas características de la mentalidad de nuestra época. Vive y deja vivir, haz lo que te apetezca, mientras no dañes a nadie todo está bien, una suerte de carpe diem, lo que popularmente se expresa como “a vivir que son dos días” o “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Y sobre todo y más importante, huye del sufrimiento, dale la espalda, pues ningún problema debe hacerte sufrir.

Es una pena que una cinta de la profundidad y el calado del rey león pase a ser recordada por este eslogan que tan poca justicia le hace. Más aún cuando la película no sólo no hace apología del Hakuna Matata, sino que, más bien al contrario, su mensaje es el de alertar de la importancia que tiene dejar de vivir en el Hakuna Matata.

Hakuna Matata o la búsqueda de la felicidad
Hakuna Matata o la búsqueda de la felicidad

El momento culmen de la película no es, como muchos piensan, el momento en el que irrumpen en la trama Timón y Pumba para entonar su conocida canción. Estos dos personajes, verdaderos artífices el Hakuna Matata, son carismáticos y simpáticos, pero hay que reconocer que también son bastante estrechos de miras. Dos momentos dan buena muestra de ello: el primero, el momento en el que Simba les pregunta mientras observan las estrellas del cielo si creen que en ellas viven nuestros antepasados, que si contemplan la posibilidad de que haya otra vida o alguna forma de trascendencia. Pregunta a la que Timón y Pumba, estupefactos, responden con ingenuidad -Claro que no Simba, son sólo luciérnagas-. El segundo sería el modo que tienen de entender el amor y compromiso que surge entre Simba y Nala. Para Timón y Pumba, este enlace no es más que un error fatal, que obligará a Simba a renunciar a la diversión y a la amistad. Estas dos ideas que aparecen en Timón y Pumba son dos ideas que curiosamente comparte la mentalidad de nuestro tiempo, el olvido de la trascendencia y el miedo al compromiso por considerarlo una pérdida de libertad.

Pues bien, el momento cumbre de la película en realidad es cuando Rafiki, una suerte de profeta o cínico (en el sentido griego del término) visita a Simba para, precisamente, sacarlo del Hakuna Matata. Para ello, le pone frente a su propio reflejo, para que recuerde quién es y a qué está llamado.

Este es el momento de sacar a la palestra, tal y como hago en clase, la ética Aristotélica que tan presente está en el Rey León. Para el filósofo griego, el mundo suele basar su idea de felicidad erróneamente en conceptos tales como el prestigio, el dinero o el placer (que aquí utilizamos como sinónimo de Hakuna Matata). Todas estas formas de entender la felicidad, nos dirá el sabio, están abocadas al fracaso por ser visiones reducidas, parciales e insuficientes de la naturaleza humana. Sólo hay para Aristóteles una forma de alcanzar la felicidad, y no es otra que la de llegar a ser aquello a lo que estamos llamados conforme a nuestra propia naturaleza. Dicho de otro modo, que sepamos descubrir cuál es nuestra vocación para después corresponder la llamada.

La pregunta fundamental entonces es ¿a qué estoy llamado? De ahí la importancia que tiene en el mundo griego el Nosce te Ipsum (conócete a ti mismo). Por ello Rafiki, en un intento de recordarle a Simba quién es y a qué está llamado, le pone frente a su reflejo, pues sólo aquel que sabe a qué está llamado puede llegar a realizar su vocación y encontrar por tanto la verdadera felicidad. En esta escena de la película, aparecen también pinceladas de la metafísica platónica. Aquello que uno es, es mucho más de lo que se ve de primeras. Y ese ser incluso tiene una dimensión trascendente que a veces, por nuestra incapacidad, no somos capaces de contemplar en plenitud si no nos es revelada.

Revelación a la que asiste Simba cuando la voz de su padre, desde el cielo, le recuerda que -ha olvidado quién es-. Simba ha caído en la trampa de los falsos profetas, pues ha entendido la vocación como un mero deseo, y simplemente ha deseado pasarlo bien. Simba ha hecho del placer el cimiento sobre el que construye su vida, ha buscado la felicidad en algo que no puede dársela y con ello, ha olvidado lo trascendental, el sentido de su vida y de su vocación. -Has olvidado quién eres, luego me has olvidado a mí-, le espeta Mufasa. En efecto, al renunciar a la trascendencia ha dejado de entender qué es la vocación y, por consiguiente, ha dejado de entenderse a sí mismo. -Ocupa tu lugar en el ciclo de la vida, eres mucho más de lo que crees ahora-. Mufasa le anima a salir de esa falsa e infantil idea de felicidad para pasar a corresponder su verdadera vocación.

El momento cumbre de la película es este en el que Simba cae en la cuenta de la magnitud de su error, entiende que el Hakuna Matata no es más que una forma de egoísmo y que al sucumbir ante estos cantos de sirena ha dejado de ver la grandeza, la belleza y la épica de su vida. Al fin cae en la cuenta que la clave no está en huir del sufrimiento, como ha hecho hasta ahora, sino en encontrarle un sentido. Al dejar de entender la vocación como llamada, ha pasado a entenderla como deseo y al desear, sólo le ha quedado mirarse el ombligo. Así se ha pasado Simba la mayor parte de su juventud, mirándose el ombligo en el Hakuna Matata. Y cuando entiende que esta forma de vida es una forma de egoísmo, sale corriendo. Vuelve a su casa, a su lugar. Abandona a Timón y Pumba para ir a enfrentarse a Scar. Pasa a convertirse en un héroe, pues héroe es aquel que está dispuesto a dar la vida por aquello a lo que se está llamado. Su sufrimiento deja de ser algo rechazable para ser algo que le da épica y honor a su entrega, su sacrificio tiene ahora sentido, ya no necesita huir de el. El héroe es el que corresponde a su vocación a pesar incluso de que corresponderla suponga perder placer, dinero o prestigio, como afirmaba Aristóteles. Simba pasa de tener una vida basada en el placer para basarla en  dar su vida por amor, a pesar de que este exija sacrificio, pues la entrega por amor es lo único que merece la pena ansiar y desear en nuestras vidas. Y Rafiki en la distancia salta de alegría, gritando y vitoreando la decisión.

Si hay algo por lo que me apasiona la ética de Aristóteles y en consecuencia El Rey León es por cómo invierten la escala de valores de nuestro tiempo. Ambos, filósofo y película, son enormemente inactuales, pues ofrecen una idea del éxito que casi nadie comparte hoy, pero que a la vez es muy necesaria. Según Aristóteles y el Rey León, no es digno de ser admirado y valorado aquel que vive para el placer, dinero o prestigio. Los referentes culturales que nuestro mundo considera exitosos en realidad no lo son. Dignos de ser admirados serían pues aquellos que tienen vidas verdaderas, auténticas. El criterio no es el Hakuna Matata, es la verdad, entendiéndola como corresponder aquello a lo que estamos llamados, única vía para llegar a ser feliz. La verdad os hará libres, dice el evangelio, y felices, podríamos añadir. Dignas de ser valoradas son aquellas vidas que, aunque pasen desapercibidas por su aparente sencillez, son en realidad más reales y auténticas en tanto que están entregando su vida por aquello para lo que están llamados. Los verdaderos héroes no son aquellos a los que apuntan las cámaras, deslumbran los focos y aclaman las masas. Los verdaderos héroes son aquellos que, como Simba, salen del Hakuna Matata para dar su vida por amor a su vocación y a los demás.

Ignacio Montero Cotán.

Simpatizante

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