La vacuna del miedo.

Vivimos tiempos convulsos, inéditos, desconocidos y plagado de incertidumbres en todos los aspectos y niveles, que va desde el familiar, el económico, político, laboral y hasta el puramente social.

El COVID ha venido no solo a robarnos la salud, ha venido a robarnos la paz, a oscurecer todo plan de futuro, que como una gran y amenazante nube negra, va cubriendo con la lluvia del miedo todo lugar por donde pasa.

Miedo. Pero miedo ¿a qué?.

Los más rápidos en contestar dirán miedo a ser frágiles y caer enfermos y perder la vida.

Junto al primario instinto de supervivencia, aparecen aliados en medio de una competición donde no solo se busca ser el primero, sino el mejor y por tanto al que más se le deba agradecer sus acciones, aliados que nos ofertan vacunas para contrarrestar en unos casos, en otros prevenir y en otros curar milagrosamente, al maldito COVID-19. Todos pretenden, como en la leyenda de Excalibur, obtener la espada con la que combatir al enemigo, mas tan solo uno será capaz de sacarla de la roca, el rey Arturo en la leyenda, y resulta ser Cristo en nuestras vidas.

Lejos de interpretar todo lo que las redes anuncian, desde profecías adolescentes hindúes, visionarios que anuncian el fin de los tiempos, artimañas de índole político a niveles de películas de ciencia ficción, defensores de la vida orgánica y natural, etc., lejos de todo ello, creo que es vital para los creyentes y también para los que no lo son, dejar una reflexión.

La ciencia quiere hablar como Dios pero no es Dios, borrando una veces a posta y otras sin ser esa su intención, su imagen en la tierra.

Nos centramos en el miedo a la muerte, para lo cual la ciencia no tiene ni barco ni vela para alcanzar tal objetivo.Y, el enemigo, que existe y es real, tensa su arco y dispara en medio de la noche dardos envenenados que nos aciertan y nos inocula ese veneno que no es otro que el miedo a morir y vivir dependientemente.

Como en la tradicional imagen de la Inmaculada, la serpiente muerde a la Virgen María en el talón, pero la misma Madre de Dios pisotea la cabeza de la serpiente, y su veneno, el miedo a la muerte, es vencido.

Es Cristo el verdadero antídoto, no ya solo para la salvación del alma, sino que como ocurrió con su Madre, como se celebra en estos días de la Asunción de la Virgen María, es Jesús la vacuna eficaz también para el cuerpo y todo lo que ello significa, es decir, la salvación para la vida, los proyectos, las ilusiones. La Asunción de María es la plenitud de la esperanza humana. El destino del cristiano no es salvar exclusivamente el alma, también el cuerpo para la eternidad.

Ante la amenaza de quien nos puede robar la paz y la esperanza de la vida eterna, ante el miedo al sufrimiento, el miedo a un futuro incierto, ante esos dardos lanzados por el enemigo invisible, ante todas estas amenazas, hay que resistir “embrazando el escudo de la fe” (Ef.6,16)

Solo un encuentro personal con Cristo será la única forma de obtener esta vacuna que nos libere, sane y conforte.

Jucho.-

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