La intolerable deriva de la violencia en política

Vivir en democracia es poder expresar libremente la opinión propia sin temer por ello. Pero también significa escuchar con respeto a quien piensa lo contrario. Y esto, lamentablemente, cada vez se da menos en una España cada vez más polarizada, en la que la violencia comienza a ser demasiado recurrente en los actos políticos.

La violencia, lacra en España

No se trata sólo de los altercados ocurridos en el acto de campaña de VOX en Vallecas. Eso tan solo es la última muestra. Llevamos unos años acostumbrándonos al ‘jarabe democrático’ de los escraches, con imágenes como las de Cristina Cifuentes o a una embarazada Begoña Villacís rodeadas por turbas vociferantes y amenazantes. La violencia no es sólo golpear a alguien.

Tampoco podemos olvidar el acoso a Ciudadanos durante la celebración del Orgullo hace unos años, o la intimidación a los políticos del PP, Ciudadanos y Vox que visitaron Alsasua y debieron salir escoltados, o los cada vez más frecuentes intentos de reventar los mítines políticos a pedradas o botellazos. Ni, por supuesto, aún siguen frescos en nuestra retina, los disturbios por la detención de Pablo Hasel y a ciertos representantes políticos negándose a condernarlos e incluso amparándolos.

Violencia no es sólo golpear

Pero no se trata sólo de la violencia directa. Se está banalizando, justificando incluso en algunas ocasiones, esta violencia como «herramienta» frente a quien opina diferente. Demasiadas veces, demasiados políticos buscan fórmulas ambiguas a la hora de condenar a los violentos, cuando no se acusa a los atacados de haber ido a provocar o de fingir los ataques denunciados.

Frente a la violencia no vale la equidistancia. Democracia o Violencia. Una democracia que ampara, justifica o utiliza la violencia como herramienta política, incluso partidista, no es una democracia, y está abocada a su desaparición cuando algún bando consiga imponerse por la fuerza, y no por las urnas.

Democracia o violencia

Sin una respuesta firme y contundente de los demócratas, los violentos y vociferantes se impondrán al consenso y al debate. Depende de nosotros evitarlo.

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