Revoluciones estudiantiles.

Para situarse como élite política, la derecha liberal partía, en el XIX, el siglo de las revoluciones industriales y burguesas, con la ventaja de ser la élite económica. Pero toda élite necesita el apoyo de una masa. No es correcto ver los conflictos como una sublevación de las masas contra las élites, según el modelo clásico marxista, porque en cada bando hay élites y hay masas. Por no entender esto, la izquierda sigue convencida del mito de que nuestra guerra civil es «culpa» de una élite militar apoyada en una élite religiosa, sublevadas contra «el pueblo». Así nunca lo entenderán ni lo superarán. Tras las élites del bando sublevado había una gran masa social y tras la masa social republicana, había unas élites revolucionarias, socialistas y comunistas. El siglo XX fue el de las revoluciones proletarias. El XXI está siendo el de las revoluciones estudiantiles. En ambos casos no podemos sino lamentar que las revueltas callejeras acaben, casi siempre, con el saqueo de templos católicos.

En Chile, muchas de las revueltas han terminado con el saqueo de templos católicos.

Los que no tuvieron acceso a ser la élite política a través de la economía, al fracasar las revoluciones proletarias por el ensanchamiento de la clase media, optaron por montar una contraélite en el mundo académico, creándose una nueva base social, una nueva masa, y adoctrinándola con cargo al presupuesto pagado por todos. Primero parasitaron las universidades, después promovieron la titulitis, el antecedente necesario de los movimientos sociales actuales, que ha pretendido sustituir la hidalgía de títulos de sangre por la hidalgía de títulos universitarios. Mientras, el desempleo retardaba la incorporación de los jóvenes al mercado laboral ampliando su edad educativa, y por tanto su masa social.

El paro se maquillaba enviando a los jóvenes a las aulas por más tiempo: más orgullosos hidalgos titulados, con independencia de su calidad de formación. A la vez, se despreciaban la FP y las universidades laborales, motivando a los jóvenes a la búsqueda del prestigio social de un título universitario. La necesidad de una politización activista del estudiantado preuniversitario es lo que ha impedido un acuerdo para alcanzar la pax educativa. Las contraélites encantadas de poder ir engordando sus bases. El universitariado, convertido en la nueva masa, pierde su capacidad de ser élite. Por eso la importancia de ser «doctor», para elevarse sobre ellas y pastorearlas. Una bomba de relojería retardada. La lucha hoy en Santiago de Chile o en Barcelona ya no es la clásica entre proletarios y burgueses sino entre estudiantes y currantes. A las contraélites les conviene el alargamiento de la emocional adolescencia de sus masas de estudiantes.

José A. Ramos-Clemente y Pinto.

Secretario de Organización. Asociación Cristianos en Democracia

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